Grupo de Investigación UCM (ref. 971672) sobre Psicología del Testimonio.
Facultad de Psicología, Universidad Complutense de Madrid (España).
Investigador principal: Antonio L. Manzanero.

Sugestibilidad infantil

Extracto de:
Manzanero, A.L. (2010): La exactitud de los testimonios infantiles. En A.L. Manzanero, Memoria de testigos: Obtención y valoración de la prueba testifical (pp. 201-225). Madrid: Pirámide
 
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Los niños son vulnerables a las sugerencias de información falsa, más cuanta menor edad tengan debido a la tendencia de los niños más pequeños a adaptarse a los deseos de los adultos (Ceci, Ross y Toglia, 1987).  No obstante, la generación de falsas memorias no es patrimonio exclusivo de los testigos infantiles, e incluso se ha propuesto que los adultos podrían tender a este tipo de memorias más que los niños cuando su generación está relacionada con los conocimientos previos (Brainerd, Reyna y Ceci, 2008).
En cualquier caso, es un hecho comprobado que los falsos recuerdos también se producen a edades tempranas. En experimentos relacionados con declaraciones de agresiones sexuales, Clarke-Stewart, Thomson y Lepare (1989) realizaron una investigación en la que niños de 5 y 6 años eran testigos participantes de un suceso en el que un adulto tocaba distintas partes de una muñeca (brazos, manos y genitales) acompañando las acciones de palabras que pertenecían al esquema de juego o al esquema de limpiar la muñeca porque estaba sucia. Posteriormente se les pedía a los niños que relataran lo que habían visto y se les sugería mediante preguntas que el adulto estaba molestando sexualmente a la muñeca y estaba siendo agresivo con ella. La interpretación de la escena de una gran mayoría de los niños fue fácilmente manipulada por las sugerencias de los adultos, especialmente cuando estas sugerencias se hacían de forma insistente. Luus y Wells (1992) encontraron en una investigación que los niños son igualmente exactos que los adultos cuando se les pregunta de forma clara y sin presión, mientras que eran menos exactos cuando se les acosaba con preguntas frecuentes, lo que indicaría su mayor sugestibilidad ante la presión.
Saywitz, Goodman, Nicholas y Moan (1981) en una investigación compararon los recuerdos de niñas de edades entre los 5 y 7 años que habían sido sometidas a una exploración médica ginecológica con los de niñas sometidas a una exploración médica de otro tipo. Los datos encontrados mostraron que algunas de las niñas cuyas exploraciones no incluían la exploración ginecológica tendían a contestar que se había producido la manipulación genital (8%).
Los niños menores de 3 años serían particularmente sugestionables. Bruck, Ceci, Francouer y Renick (1995) encontraron que aproximadamente el 40% de los niños entre 2 y 3 años que participaron en su investigación relataban tocamientos genitales falsos cuando se les preguntaba de forma sugestiva con muñecos anatómicamente correctos inmediatamente después de un examen médico que no incluía la exploración genital.
En cambio, Goodman y Quas (1997) señalan una serie de investigaciones en las que los niños no se mostraban sugestionables a las sugerencias de los adultos. Por ejemplo, en una de estas investigaciones llevada a cabo por la misma Goodman encontraron dificultades para influir a niños entre 5-7 años, que eran sometidos a un examen médico. Las sugerencias iban en le sentido de decirles que el doctor les había tocado los genitales. Respuestas falsas relacionadas con el contacto genital sólo se dieron en el 1% de los casos. Otros autores muestran que no hay diferencias en susceptibilidad a las sugerencias en función de la edad, porque al comparar niños con estudiantes universitarios, en general, son igualmente sugestionables (Marin, Holmes, Guth y Kovac, 1979). En cambio otros autores como Cohen y Harnick (1980) afirman que la resistencia a las sugerencias aumenta con la edad. Los niños de 9 años están de acuerdo con sugerencias falsas con más frecuencia que los niños de 12 años y los estudiantes universitarios. También muestran que niños de 12 años son capaces de resistir cuestiones engañosas, en algunas situaciones en las que son testigos, tan bien como estudiantes universitarios. Una posible explicación de por qué, en ocasiones, los niños son susceptibles a las sugerencias es su menor desarrollo de la capacidad metamnemónica, necesaria para proteger su memoria de sugerencias intrusivas, además de confiar en la autoridad del adulto que formula las preguntas. Unos datos que podrían encajar con esta hipótesis son los recientemente encontrados por Gignac y Powell (2006), y Chae y Ceci (2005) que indican que la inteligencia podrían correlacionar con la sugestibilidad. Por otro lado, los niños son más sugestionables si se les pregunta por sucesos que ellos no han vivido (diapositivas, películas...), que cuando se les pregunta de forma sesgada por sucesos que han presenciado o en los que han participado (Alonso-Quecuty, 1993). Quizá sea un continuo de más sugestionable a menos sugestionable según vivan el episodio en el laboratorio, sean espectadores en una situación natural o sean los verdaderos protagonistas del suceso. Esto podría explicar las diferencias entre algunos de los estudios que hemos comentado.
Loftus y Doyle (1992), sugieren que los niños son vulnerables a sugerencias cuando son más jóvenes, cuando son preguntados por sucesos vividos mucho tiempo atrás, cuando se sienten intimidados, cuando las sugerencias son fuertemente establecidas y muy frecuentes y cuando varias personas hacen la misma sugerencia. Melnyk, Crossman y Scullin (2007) listan algunas de las variables que más influirían en la sugestibilidad de los menores: factores relacionados con la toma de declaración (preguntas cerradas, la repetición de preguntas e interrogatorios, estereotipos inducidos, uso de muñecos y dibujos, y la creación de una atmósfera emocionalmente sesgada), factores relacionados con las características de los niños (inteligencia, capacidad de lenguaje y auto-estima), y otros factores sociales y cognitivos (presión, figura de autoridad, memorias y percepciones débiles o inexistentes).

Capacidad para discriminar recuerdos reales e imaginados

Muy relacionada con la sugestibilidad está la creencia de que los niños hasta cierta edad no son capaces de distinguir lo que sucede en la realidad de sus imaginaciones. Sin embargo, Foley, Durso, Wilder y Friedman (1991) no encuentran diferencias entre adultos y niños hasta los seis años de edad en los procesos de control del origen de los recuerdos, por lo que llegan a afirmar que las representaciones de niños y adultos son más parecidas de lo que comúnmente se cree. No obstante, parece que el desarrollo de la capacidad de distinguir el origen de los recuerdos depende del tipo de situaciones (Johnson, Hashtroudi y Lindsay, 1993). Foley y Johnson (1985) encontraron que los niños de seis años eran más propensos que los adultos a confundir recuerdos sobre algo que ellos hicieron que sobre recuerdos de algo que imaginaron hacer, aunque no encontraron diferencias cuando lo que había que distinguir eran entre recuerdos de algo hecho por ellos mismos y recuerdos de algo que hizo otra persona, ni cuando tenían que discriminar quién realizó una determinada acción de entre dos personas. De igual forma, Foley y colaboradores (Foley, Santini y Sopasakis, 1989) encontraron en otra investigación que los niños tenían ciertos problemas a la hora de distinguir pensamientos o acciones llevadas a cabo frente aquellas planeadas y no realizadas.
Lindsay y colaboradores (Lindsay, Johnson y Kwon, 1991) proponen que las diferencias en desarrollo en el control del origen de los recuerdos tienden a aumentar cuando las fuentes de lo que debe ser discriminado son muy similares, por ejemplo un niño tendrá más dificultades cuando se trata de discriminar acciones que imaginó hacer a otra persona de aquellas acciones que realmente le vio hacer (Johnson, Hashtroudi y Lindsay, 1993). En la misma dirección,  Sussman (2001) evaluó la capacidad para distinguir el origen real o imaginado de acciones en niños de 4, 8 y 12 años en comparación con adultos. Los resultados encontrados mostraron que los niños de 4 años tenían más dificultades para discriminar el origen de las acciones imaginadas que los niños de 8 y 12; y las acciones imaginadas eran realmente confundidas con las realizadas más frecuentemente por los niños de 4 y 8 años; aunque en general tenían menos problemas en la discriminación si ellos eran los protagonistas de la acción que si lo era otra persona.